Ha pasado un tiempo oscuro y largo en el que no sentí la necesidad imperiosa de escribir, tal vez porque me volví un citadino más, de esos que compran su carro a plazos y reniega de aquellos desposeídos que aún deben confinarse al paupérrimo y siempre miserable sistema de transporte urbano de nuestra bella Atenas Suramericana.
La
verdad es que a pesar de seguir montando en buses fétidos, atestados de gente,
plagados de vendedores de frunas, wafers, chocolates turcos de dudosa
procedencia y uno que otro cantante arruinado de voz gangosa decidí tomar un
año sabático sin siquiera conocer la fama.
Pero
tranquilo amigo lector, volví recargado y tal vez escriba un par de blogs más y
me de otro año de asueto, aclaro sin embargo que esto no significa que deje de
montar en buseta, lo seguiré haciendo, con las mismas ganas con las que tome mi
primer bus sin compañía alguna, tal vez la de las almas que compartieron
conmigo esa breve temporada en el averno; recuerdo haber montado por allá
cuando era un imberbe mozalbete de trece años y me subí temeroso porque me
faltaban cincuenta míseros y devaluados pesos para pagar el trayecto, el
conductor un barrigón con camisa ombliguera mostraba sin pudor alguno el
nacimiento hediondo de su trasero, una cavidad oscura y mugrienta y simple y
llanamente me dejo abordar su vehículo.
El
año anterior por unos cuantos días, tome la decisión de cambiar el canalla
sistema de buses por el siempre moderno Transmilenio, al comienzo la rapidez
con la que llegaba a mi destino me hacían olvidar los empujones contra los
senos de las mujeres obesas, el aliento putrefacto de personas desconocidas que
chasqueaban sin ningún asomo de pena durante minutos eternos. Gases malolientes
y anónimos que se cuelan entre las
personas y emergen con furia titánica entre
oficinistas y estudiantes. Pisotones de última hora de pasajeros afanados que
escupen palabras solicitando permiso entre la multitud, pequeñas y organizadas
hordas de obreros que atestan las estaciones con un leve bouquet de fragancias
vaporosas que al mezclarse en la multitud crean un almizcle aún más nauseabundo.
Sin
embargo al cabo de unos días añore la ruta caótica y siempre llevadera que
transita por la carrera séptima de mi querida ciudad, el vendedor de maní que
sopla sus infecciones en la bolsa de Vinipel para llenarla de producto, el
negrito que ofrece al pasajero sus galletas wafers haciendo con su jeta sonidos
guturales emulando el frenado de la buseta y que conozco desde mis épocas de
estudiante universitario, el vendedor de colombinas estilo el chavo del ocho y
que he comprado por la simple razón de parecerme llamativas pero que he temido
probar por representar un atentado a mi propia salud. También y como no olvidar
al viejo infanticida que mató primero a su hijo por unas cuantas monedas y uno
que otro billete con una historia que incluía a un auto fantasma para semanas
después matar ahora a su hija para doblar sus ganancias a costa del dolor y el
pesar.
Si
definitivamente extrañaba mis viajes en buseta, esperar impaciente la ruta que
me acercará como ningún bus de Transmilenio lo haría con mi destino elegido, tener la posibilidad de
ser conducido por el mismísimo Mefistófeles y anunciar mi bajada con el
inmortal timbre de buseta.
Larga
vida a las busetas, ni el SITP podrán destruir años de recuerdos y memorias
infinitas de ello.
Nota:
Belcebú solía ser conocido como el Señor de las moscas por los hebreos en una
forma socarrona de burla a los adoradores de Baal ya que estos últimos solían
ofrendar carne que al podrirse era manjar para las moscas. Ya los cristianos en
su afán de darle nombres a la maldad utilizaron el ya utilizado por los hebreos
para representar la maldad en forma de mosca peluda y come carne.
Nota
2: Es claro que a veces las moscas también utilizan el transporte público para
dirigirse a sitios distantes y desconocidos por ellas, se desconoce si como los
mochileros cargan atún y exigen monedas a cambio por efectuar algún tipo de
show circense de muy bajo presupuesto.