viernes, 10 de febrero de 2012

El Bus de Placas SB-5704

Recuerdo sin ningún tipo de nostalgia las viejas placas Colombianas, unos artilugios negros con dos letras verticales y cuatro números ubicados de forma horizontal, de esas mismas placas es posible ubicar la foto en imágenes de Google la placa del bus que lleva como título esta entrada.

Ahora bien, menciono este tipo de cosas porque si existe algo que me enferma más cuando monto en bus, es que el mismo conductor o el ayudante, si el mismo que sabe Ñero - Do y un arte no mencionado en mi pasada entrada que es el Garbim - Fu, me devuelvan mis vueltas de un prístino e impecable billete de $5.000 pesos casi recién emitido por el Banco de la República con billetes sacados de las entrañas de la calle del Bronx o de cualquier habitante menesteroso y mugroso que abunda en las calles.

 De niño, recuerdo con absoluta claridad que mi papá mencionaba que los billetes fuera de su valor nominal contenían una cantidad no despreciable de mugre, suciedades y cochinadas perceptibles en laboratorio, por lo cuál era prudente que lavará mis manos después de tener contacto con el dinero. En esa época no padecía de los buses por lo cuál su recomendación era un poco exagerada para mi.

Ahora cada vez que recibo esta clase de billetes, algunos parecieran que se deshicieran, siento un deseo profundo, casi criminal de llevar conmigo, una provisión de monedas de cincuenta pesos, si las mismas que también detesto cuando me las dan en los buses, y pagar los $1.450 pesos del bus con estas monedas. Exactamente 29 monedas de $50 pesos. Si esta haciendo la cuenta en este momento con los dedos porque no me cree, tómese su tiempo, puede ayudar que $100 pesos equivalen a 2 monedas de $50 pesos. ¡Es un tip, nada más que eso!

Sin embargo y tratando de hilar esta entrada en relación a los viejos, no los viejos billetes sino los viejos en general, no dejo de pensar en esos viejos juveniles que ahora asoman en las calles como momias tratando de refrescar viejos recuerdos en sus cabezas. Algunos días atrás, en el centro de Bogotá, un viejo me aparto de su camino con su mano huesuda y temblorosa, con su lenguaje confuso que ahora entiendo gracias a uno de los emboladores de mi trabajo asumí que necesitaba pasar. Su cara estaba por explotar, lo mire y pensé en tantas personas que mueren espontáneamente mientras se alteran, le recomendé regresar a su urna mortuoria que por la cantidad de museos cercanos al lugar donde estábamos debía estar a solo algunos pasos del lugar.

Luego seguí mi camino, una vieja de mirada pérdida y con una prominente barba deambulaba recorriendo la calle acompañada de un dispositivo que le permitía respirar, parecía desconcertada con la cantidad de personas que transitaban por la misma vía que ella. Su regreso a la realidad se produjo cuando otra anciana igual de enajenada que ella le saco su chancleta, fue una batalla épica de al menos ciento ochenta años en juego. Las hubiese separado pero temí encontrarme en un nuevo reality callejero al mejor estilo de RCN, una especie de Peleando por un Sueño, con protagonistas todos de la tercera edad que desean al menos una caja de dientes, sin importar que esta sea nueva o usada.

El centro me estaba pareciendo entonces, un lugar más que peligroso demasiado confuso, los vendedores de pescado fresco cerca de la Plaza de las Nieves evocaban un halo de misterio, algunas mujeres ataviadas con batas blancas y uñas curtidas ofrecían menús variados. La presencia de variados hedores que juntos forman un almizcle  de putrefacción acompañaron mi recorrido hasta mi destino final. Ansié subir a un bus, percibir a través de un vidrio mal lavado la vejez de nuestras mentes que nos obliga ver la suciedad en todo. Sería bueno ser niño y pensar que los papas exageran bastante con sus historias.

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